Brasil es el país del mundo donde más personas transgénero son asesinadas. En 2024 fueron asesinadas 122 personas trans, según datos de la Asociación Nacional de Travestis y Transexuales de Brasil (ANTRA). Asimismo, de acuerdo con las estadísticas del proyecto Trans Murder Monitoring (TMM), de Transgender Europe, alrededor del 50 % de los crímenes cometidos contra la población trans a nivel mundial tienen lugar en Brasil.
La mayoría de las travestis en Brasil se inicia en el trabajo sexual a una edad muy temprana. El abandono prematuro del sistema educativo, junto con el rechazo familiar y social, las empuja a un complejo círculo de exclusión y marginalidad. Muchas jóvenes se acercan a las travestis adultas para aprender cómo transformar su apariencia física y, atraídas por una imagen de éxito y reconocimiento que a menudo resulta ilusoria, las convierten en referentes y conseeras.
Uno de los principales problemas a los que se enfrentan las mujeres trans en Brasil es el acceso a procedimientos seguros de modificación corporal. Muchas de ellas carecen de recursos económicos cuando inician su transición física y se ven obligadas a recurrir a infiltraciones de silicona líquida industrial, una sustancia no apta para uso humano. Esta práctica puede provocar graves problemas de salud e incluso la muerte. Con el tiempo, la silicona puede endurecerse, causando deformidades físicas, o desplazarse hacia otras partes del cuerpo, generando grandes bultos y complicaciones médicas. En numerosas ocasiones, estos procedimientos se realizan sin supervisión médica ni condiciones sanitarias adecuadas.
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